Thoughts of cinema

dogsincappadocia

Cinema is the place where everything you feel and you think is possible. Cinema is reality, since if you had such a thing in you, it exists.

Cinema is the realization in tangible material of inner humanity.

Cinema is the mean to listen and see what is going on inside us.

Reality must show itself in a sensible way to one, to man, otherwise we will not know of its existence.

Cinema is a window to the things we think matter. That’s why we must be careful with what we make and what we watch.

***

“Filmmaking is a journey into the impossible”.

“A film moving on a screen becomes a microscope that allows people the world to share hidden occurences in our human soul. Images and sounds flow together in time to dream up and conceive, to compose and bring to light a world, an experience, one so transformative that in the act of engaging with the film we, the audience, participate in a cinematic journey into our hopes and dreams, our fears and troubles, out bravery to fight for our passions, love… a cinematic journey to inspire the human spirit.”

“Cinema. Consciousness of dependence on each other, a confession, an unconscious act that nonetheless reflects the true meaning of life: love and sacrifice. A mosaic made of time. A way to reach the truth.”

“The art of cinema is the art of connecting humanity in this dream we call life.”

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A LOS OJOS DE DIOS Y EL SACRIFICIO DE TARKOVSKY

https://garaycochea.files.wordpress.com/2012/11/leonardoadoracionmagos_grande2.jpg?w=364&h=389
Notas tomadas del texto de Peña:
1.-Si pudiera preguntarse de modo legítimo qué es importante a los ojos de Dios, creo que no sería temerario afirmar que considera las cosas de modo diferente a como lo hacen los hombres. Me resisto a pensar que Dios esté interesado en los hechos consignados por El Mercurio o el New York Times, vea la historia como los hombres comúnmente la valoramos o seguimos, esté pendiente de la entrevista de Bush con Gorbachov o considere relevante aparecer en televisión. Lo que Dios ve y valora no son los acontecimientos tal como quedan registrados en los manuales de la historia o en las principales publicaciones, sino la historia íntima, oculta pero real, que se desarrolla en el corazón de los hombres: los actos de generosidad y egoísmo, esos
actos verdaderamente libres y propios donde el peso de la libertad es el amor. Esos actos libres -a nadie se le puede obligar a amar-, sabiendo que cuanto mayor es el amor que se tiene mayor libertad se posee, son los decisivos. Sobre todo lo que ve y juzga son las decisiones forjadas en el núcleo íntimo y personal, ya sea del libre don de sí o del repliegue egocéntrico en la autoafirmación.
2.- La libertad es un don que se posee para permitir al hombre la experiencia del amor, y el amor es la experiencia de depender, de encontrar la libertad en el pertenecer a otro. Ser libre no es ser independiente, sino depender de aquello que se ama.
3.- El que cree se torna un extranjero, un demente a los ojos del mundo.
4.- Todos los hombres y todas las civilizaciones, cualesquiera sean su situación y el momento histórico en que se encuentran, deben responder a ese regalo único y crucial, la revelación, totalmente asumida en la persona de Jesucristo (“En El habita corporalmente la plenitud de la
divinidad”), que fue posible gracias a la libre respuesta de María. El Fiat o el Non Serviam son las dos únicas respuestas que caben ante el acontecimiento que sitúa a cada persona del género humano en una misma en crucijada.
5.-Los acontecimientos no son sucesivos sino simultáneos y contemporáneos, de manera absoluta. Pareciera que los acontecimientos se desplegaran bajo nuestros ojos como en una tela sucesiva, pero sólo nuestra visión es sucesiva.
Continuar: En torno a el Sacrificio de Tarkosvky por Jorge Peña. http://www.cepchile.cl/dms/archivo_1734_1286/rev46_pena.pdf
 

AMOR VERDADERO O AMOR BURGUES Y SU FORMA CORRECTA DE DAR PASOS PREVISTOS.

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Un texto* por Luis Guerrero Martínez.

El amor puede convertirse en una desdicha para el alma, también el amor apasionado -que no es otra cosa que el verdadero amor- es malentendido y destruido por la burguesía calculadora, que a todo pone reglas y mesura. Para aprobar las relaciones amorosas, elabora una cartilla de obligaciones y responsabilidades, de tiempos adecuados, de formas correctas de dar pasos previstos; es decir, sanciona un lenguaje apropiado y lo distingue del inapropiado: establece ritos y ceremonias. Se puede amar, pero cumpliendo los cánones; se puede amar, pero con la aprobación de los demás. El amor queda entonces confundido, se reduce a un estereotipo más de la sociedad asfixiante.
Sin embargo, el alma noble sigue sus impulsos de su pasión, que no se detiene ante los consejos de los hombres razonables, que califican su actitud amorosa como una embriaguez demencial. Werther define la pasión afirmando que:

He aprendido a comprender en su medida que todos los hombres extraordinarios que han realizado cosas grandiosas, algo que parecía imposible, han sido siempre tildados de locos y borrachos.

Éste es el contexto en el que decide romper -Soren Kierkegaard- con Regina Olsen, el único amor de su vida; él se daba cuenta de que ella era una mujer temperamentalmente similar a la mayoría de las mujeres, alegre, interesada por las cosas menudas, sin especialidades inclinaciones reflexivas, aspectos positivos que un hombre ordinario valora en una mujer; sin embargo, para él aquellas cualidades representaban una ocasión para ocultarse. Kierkegaard consideró que aquella unión terminaría por hacer infelices a ambos.

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*Fragmento del texto La Melancolía como Pasión Romántica de Werther y Kierkegaard en La Melancolía entre la Psicología, la Filosofía y la Cultura.

LA VIDA SIN MEMORIA PARECE DULCE

Fui a la Cineteca Nacional para ver la película La Vida sin Memoria parece Dulce, del director Iván Ávila Dueñas, acompañada de la música en vivo del Ensamble Onix con la composición de un amigo y maestro Jorge Torres Sáenz.

El punto de hacer una publicación al respecto es en razón a un texto que vino a mi memoria mientras veía la película. El texto pertenece al cineasta ruso Andrey Tarkovsky, en su libro Esculpir el Tiempo:

El tiempo es necesario para el hombre, para que éste, hecho carne, pueda ser capaz de realizarse como personalidad. Sin embargo, no estoy pensando en un tiempo lineal que signifique la posibilidad de llevar a cabo algo realizando una acción. La acción es un resultado, y lo que estoy considerando es la causa que hace, en un sentido moral, que el hombre encarne.
Ni la historia ni la evolución constituyen el tiempo: ambas son consecuencias. El tiempo es un estado: la llama en la cual vive la salamandra del alma humana.
El tiempo y la memoria se fusionan entre sí; son como los dos lados de una medalla. Es obvio que sin el tiempo la memoria tampoco puede existir, pero la memoria es algo tan complejo que aun enumerando todos sus atributos, no podríamos definir la totalidad de aquellas impresiones por medio de las cuales nos afecta. La memoria es un concepto espiritual. Si alguien, por ejemplo, nos cuenta los recuerdos de su niñez, podemos decir con certeza que tenemos suficiente material en las manos como para formar un retrato completo de esa persona. Privada de la memoria, una persona queda prisionera en una existencia ilusoria: fuera del tiempo, queda impotente para vincularse con el mundo exterior; en otras palabras, queda condenada a la locura.
Como ser moral que es, el hombre está dotado de una memoria que siembra en él la insatisfacción. La memoria nos hace vulnerables y nos deja expuestos al dolor.

Y es que durante la película aparecen textos llenos de reflexiones sobre la memoria, los recuerdos, la vida, los encuentros y el olvido y cómo se relacionan estos para conformar una existencia; una existencia de recuerdos filmados y nunca olvidados.

Algunos textos que pude casi rescatar en mi memoria y en un papel:
• “Una película no dejaría olvidar. Es un instante perpetuo.
• “Los recuerdos de los momentos vividos los distinguimos por sus cicatrices.
• “La vida sin memoria no habla, no intriga,
no trasciende y su aparente dulzura es falta.”
• “Regresar, aunque duela, es sano.
• “El olvido clausura caminos, es una bruma densa, impenetrable.
• “El olvido marchita. Recordar es volver.
• “El olvido engulle todo.

La película La Vida sin Memoria parece Dulce se estará proyectando en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México en los siguientes horarios:

Sábado 13 de Abril de 2013
Sala 1 : Jorge Stahl, Cineteca Nacional: 20:00 hrs.

Domingo 14 de Abril de 2013
Sala 1 : Jorge Stahl, Cineteca Nacional: 20:00 hrs.

Lunes 15 de Abril de 2013
Sala 1 : Jorge Stahl, Cineteca Nacional: 15:30 19:30 hrs.

Martes 16 de Abril de 2013
Sala 1 : Jorge Stahl, Cineteca Nacional: 13:00 18:00 22:00 hrs.

Miércoles 17 de Abril de 2013
Sala 1 : Jorge Stahl, Cineteca Nacional: 16:00 20:00 hrs.

Aquí el trailer de la película

E. M. CIORAN: APASIONADO POR LA EXISTENCIA.

Emile Cioran

E. M. CIORAN: APASIONADO POR LA EXISTENCIA.

Fuente: http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2053/Aguijon/Sergio.html

Por: Sergio Rivas Salgado

Regularmente la pasión por la existencia nace de la insatisfacción con las ideas ya propuestas por otros. Ninguna objeción ni ningún espanto por las ideas venideras, aquellas que pronto sucederán a las ya inservibles, a las que causaron el descontento. El hombre, despreocupado por el horror que causa nacer, pronto se une a las filas de los nuevos portadores de la verdad; así como en otra época se hubiera entregado a la verdad que ahora, no sabe por qué, tanto odia. Tiene la misión de sostener la verdad y de gozar lo que ésta produzca, sea gloria o desprecio; así, su puesto en la existencia está asegurado (incluso, las decepciones y gozos no le causan ningún furor a menos que los propietarios de la verdad que defiende lo consideren). Se ha automatizado en el amor a la vida.

Pero hay también hombres raros en el mundo que no se sienten agradecidos con la vida; seres sin disposición para continuar con la farsa que es la persecución de un fin cualquiera, a quienes —atraídos por la inactividad— les complacería no haber nacido, pues por dicha condición no les resta más que inclinarse ante una de esas dos terribles fechorías que es el bien o el mal.

Emil Michel Cioran —siempre tentado a burlarse hasta de sí mismo—, para confundir al lector que encuentra en él alguna nueva clase de profeta, escribió sobre la situación incómoda que depara el nacimiento:

Con excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o cálculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto en ningún plan divino. (Cioran, 1979: 9)

Por el tono de la escritura, puede parecer que Cioran pretendía hacernos creer que él era uno de esos cuantos casos aberrantes que no se dedicaban a la propagación del mal. No es el caso. Y de no saber que en todo momento se quería matar, podríamos creer que se trataba de uno esos pensadores delirantes que consideran necesario el sufrir las calamidades de luchar contra un dogma o una ideología, y no de uno que simplemente imploraba no haber nacido.

La obsesión del nacimiento, siempre presente en los escritos cioranescos, irrita tanto al lector que incluso hubo quienes (obligados por la creencia de que la idea encierra absolutos que se deben seguir ciegamente) le preguntaron, con toda humildad, por qué no se mataba. Cioran, irónico y lúcido, en lugar de cuestionar el porqué de ese deseo mórbido de ver morir a alguien por lo que piensa, se contentaba con no reprochar y admitir la siempre manifiesta bondad de todos. Mientras su pensamiento asfixiaba a otros, a él por el contrario le fascinaba, por saber que el hombre aún podía ser sacudido de sus viejas, pero eternas, creencias.

Me destruyo a mí mismo y así lo quiero; mientras tanto, en ese clima de asma que crean las convicciones, en un mundo de oprimidos, yo respiro; respiro a mi manera. ¿Quién sabe? Quizá un día conozca usted el placer de apuntar a una idea, disparar contra ella, verla yacente, y después volver a empezar este ejercicio con otra, con todas […] encarnizarse contra una época o contra una civilización […] volverse después contra uno mismo, torturar vuestros recuerdos y vuestras ambiciones y, corroyendo vuestro propio aliento, tornar pestilente el aire para asfixiarse mejor; un día quizá conozca usted esta forma de libertad, esta forma de respiración que libera de sí mismo y de todo. Entonces podrá usted dedicarse a cualquier cosa sin adherirse a ello. (Cioran, 1996: 46)

Pero parece que el diletantismo no es propio de la especie, al hombre le es más fácil decidirse por una rebelión en nombre de cualquier Iglesia o policía que gastar su tiempo en un no muy aconsejable destronamiento de ideas; no tiene tiempo que perder a la hora de proponer sus sueños paradisíacos (y si no los tiene, pues tendrá que admitir la necesidad de ellos). Todo sea para que no le quede tiempo de pensar en el deseo de haber sido abortado o en el suicidio. “Cada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qué. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos” (Cioran, 1991: 22)

La importancia de la lectura de Cioran radica en que no es necesario hacerla; es decir, la desdicha en el mundo no se encuentra husmeando en la obra de autores denominados: nihilistas, misántropos, o malditos, se halla en nuestro camino y cada uno decide si la acepta o se hunde en el anonimato de su aburrimiento. Y es que el aburrimiento, por el miedo que inspira, es preferible evitarlo; y ello sólo se logra mediante la adhesión a las mejores formas de vida que ha inventado el hombre, y si no, promoviendo filosofías bobas. “¿No sería la historia en última instancia el resultado de nuestro temor al aburrimiento, ese temor que nos hará siempre amar lo picante y lo novedoso del desastre, y preferir cualquier desgracia al estancamiento?” (Cioran, 1992: 151)

La mayoría de los hombres consideraría penoso aceptar que se aburre, pues ello implicaría admitir que la vida no es, precisamente, lo mejor que puede ocurrir. Y si lo acepta, siempre querrá compartirlo, con la intención de que otros le ayuden a salir de tremenda situación. Los que lo auxilien, siempre muy generosos, le darán como antídoto a Dios, la religión, la fraternidad con los hombres o, en el peor de los casos, ofrecerán la amistad, dado que en el mundo todavía no hay quien acepte que el aburrimiento y el hastío, la ociosidad en sí misma, le asientan bien al hombre. Además, siempre existirá la posibilidad de confundir no amor a la vida con resentimiento hacia ella. “Es un error creer que hay una relación directa entre sufrir reveses y encarnizarse contra el nacimiento. Esta animosidad tiene raíces más profundas y más lejanas, y sucedería aunque no hubiera ni la sombra de su reproche contra la existencia. Incluso es más virulenta en cuanto más pródiga es la suerte.” (Cioran, 1998: 24) Aunque es raro que el hombre sienta un terrible desprecio por el nacimiento, la llaga siempre está allí; no causa estragos porque el problema de nacer sólo se soluciona con el suicidio, y no es muy probable que el hombre desprecie la imagen que tiene de sí mismo.

Es necesario sentir un terrible desprecio, o si se prefiere “inaprecio” —como sugiere Clemente Rosset a propósito del descontento de Cioran—, por la vida para poder estar en ella sin caer en la tentación de creer que los hechos personales cumplen la función de saciar ese terrible suceso catastrófico que es el nacer. Siempre agradecido por estar vivo, el hombre busca sin cansancio rendir tributo a la existencia; no importa si con sus obras la desacredita. Ya sea matando o exigiendo la condena a muerte, la necesidad siempre es la misma: la matanza. No hay peor placer que el sentir cómo las acciones propias, por funestas que sean, nos conducen hacia lo que consideramos verdadero.

Pareciera que lo designado como vida no es más que el veredicto de unos cuantos canallas víctimas del miedo a sí mismos, de aquellos que sienten un profundo rencor por estar vivos (no por nacer, pues, sólo condenan lo que ya está hecho porque quisieron modificarlo; el nacer carece de importancia). ¿Acaso la existencia no es el desarrollo de las pesadillas de unos lunáticos sedientos de lo peor? ¿Ese delirio renovado que se llama amor a la vida no procede acaso de ese sentimiento de exilio que tiene el hombre en la existencia? Lo cierto es que probablemente sólo los idiotas tengan amor a la vida o quienes han perdido todo lazo de afecto por ese estupendo mal que es el nacimiento.

En su mayoría, los hombres han nacido para solucionar el terrible hastío de estar vivos. A nadie le emociona existir sólo para sentir el dolor de haber nacido o para vigilarse en el lento, pero seguro, camino hacia la extinción. La empresa que exige la restauración del orden (del que, por supuesto, no tenemos siquiera memoria) sigue generando más locos deseosos de aniquilar la vida que alegres hedonistas pregoneros de la ociosidad, ya sea ilusionados por encontrar el antídoto contra el mal atroz del nacimiento, ya sea simplemente por no tener nada mejor que hacer, incluso por mandato divino o por creer que se tiene capacidad para ello. Algunos se congratulan en la construcción de artefactos que no ayudan más que para engañarse a sí mismos; otros se pierden en la inmoralidad de no se sabe qué conclusión de horribles silogismos; los otros, no muy lejos del gusto por la matanza, pasan su miserable existencia en la lucha encarnecida contra un dogma o una ideología. Los más, con mayor suerte, jamás se dan cuenta de la espantosa condición de ser hombres; el tenebroso devenir no los amedrenta: ellos tienen asegurada la felicidad. No más aptos que los animales para buscar la verdad, se unirán a feroces batallas en nombre de palabras sólo inteligibles en la medida en que convergen con el más asqueroso sustantivo jamás encontrado (por demás el mayor de los peligros para la raza humana): la convivencia, como si no fuera suficiente con estar condenados a sufrirla.

Pero dejemos de lado esta posible clasificación del hombre basada en la capacidad —que tanto le ha costado obtener— de ilusionarse hasta con la mayor de las fechorías: la propia vida. Mejor será tratar de entender por qué el hombre, en la búsqueda de la solución del nacimiento, se ha detenido en la fabricación de poderosos paliativos que hacen cada vez más indeseable el estar vivos.

Desde la promulgación del mundo ideal hasta la absurda idea de que el hombre podría convertirse en algo mejor de lo que es, pasando por la gloriosa teoría de un futuro luminoso en ultratumba tras el sufrimiento de la vida; y tomando en cuenta a todos los que odian al hombre, a quienes lo aman y a quienes basan su esperanza en que no haya nada seguro (sólo la seguridad de ellos), la búsqueda es la misma: establecer el paraíso sobre la tierra, con la forma que sea; sin necesidad de convencer a la mayoría y con la esperanza de que el desplome propio sea pagado en otra vida o, bien, genere una pesadilla que sea sufrida hasta por el más mínimo seguidor de los caminos que conducen a la maldad. Nadie puede, hasta la fecha, hablar de la total nulidad de sus labores cotidianas.

El hombre ha sido generoso con la existencia y le ha fabricado un sinnúmero de teorías de redención, que han desencadenado un pavoroso miedo a la vida. Se nace con una tremenda pasión por buscar el sentido de la vida, y como si de un juego macabro se tratara se elige una salida y se muere implorando no haber errado. Pero, ¿qué hacer si, como E. M. Cioran, se siente la incapacidad de arremolinarse en torno a una idea? ¿Será la falta de aprecio por las ideas una forma más de generar ideas? ¿Será escasez de raciocinio o falta de inspiración? ¿O, simplemente, el no querer engendrar ideas responde a una vanidad que nace del creer haber encontrado la respuesta definitiva?

La obra de Cioran es una muestra de cómo se puede ceder voluntariamente a la suspensión del juicio; pero, como no surge de una posición que pretenda construir un sistema a partir de la no toma de partido, también se percibe en ella algo que podríamos llamar la caída en los abismos de la duda, pues no procede de una búsqueda, se ha caído bruscamente en ésta; y lo hace de forma placentera, gozando de esa capacidad de no decidirse por nada, que también caracteriza al hombre. Cierto es que la abstención ante lo que nos disgusta parece ser extraña a la condición humana, pero no por ello se trata de un mero accidente en los caminos que nos llevan a la desaparición de la especie humana.

Emil Cioran es de los pocos pensadores —si no es que el único— que goza los sinsabores de seguir los caminos hacia la duda: “El escepticismo que no contribuye a la ruina de la salud no es más que un ejercicio intelectual” (Cioran, 1986: 55). Ese escepticismo que, paradójicamente, goza y sufre Cioran no es el resultado de la fatiga intelectual ni es la respuesta definitiva al problema del nacimiento. La condena de nacer encuentra su liberación con el suicidio.

La tentación de existir, es decir, la necesidad de reconocimiento, que no es tal si no procede de un desenfrenado amor a la vida, encuentra el hastío. “El espíritu descubre la Identidad; el alma, el Hastío; el cuerpo, la Pereza […] Si el mismo espíritu descubre la Contradicción, la misma alma, el Delirio, el mismo cuerpo, el Frenesí, es para dar a luz nuevas irrealidades, para escapar a un universo manifiestamente invariable […]” (Cioran, 1991: 88)

El escepticismo de Cioran nace del encontrar demasiado cruel el sabor de las ideas. No se trata de una toma de partido originada por un resentimiento hacia lo que él hubiera querido que fuera el universo; no, se trata de una disposición orgánica a no poder decidirse, como si se tratara de un ser no hecho todavía para aparecer en las listas del tiempo, puesto que no goza de la desdicha de componer o reanimar el universo. “Toda mi vida he vivido con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero lugar. Si la expresión ‘exilio metafísico’ no tuviera ningún sentido, mi existencia hubiera bastado para darle uno.” (Cioran, 1998: 78)

La existencia de este autor no careció por completo de megalomanía; sin ésta, el sentimiento de “no ser de aquí abajo” no le hubiera permitido rastrear, de la forma como lo hizo, los abismos sin salida que presenta la vida tras el contacto mismo con el nacimiento; antes, bien, se hubiera dedicado a la labor de visionario o a las payasadas místicas, como solía decir de la idea del superhombre nietzscheano. Le gustaba definirse como el estafador de abismos, porque gozaba de una perfecta salud escéptica —no tenía síntomas de ser calentado por el fuego de la idea: podía sentir el dominio de la idea del suicidio y, tras dominarla, no salir a reclamar un espacio en donde matarse; lo mismo le ocurría ante la esterilidad, la gozaba pero no solía alegrarse de ello, por el contrario se enfadaba consigo mismo por haber encontrado un punto fijo en la existencia.

Antaño imaginaba poder pulverizar el espacio de un puñetazo, jugar con las estrellas, detener la duración o maniobrarla a mi capricho. Los grandes capitanes me parecían grandes timoratos, los poetas, pobres balbuceadores; no conociendo en absoluto la resistencia que nos oponen las cosas, los hombres y las palabras, y creyendo sentir más de lo que el universo permitía, me entregaba a un infinito sospechoso, a una cosmogonía surgida de una pubertad incapaz de concluir […] ¡Qué fácil es creerse un Dios por el corazón, y que difícil serlo por el espíritu! ¡Y con qué cantidad de ilusiones he debido nacer para perder una cada día […]! Y por haber querido ser un sabio como nunca hubo otro, sólo soy un loco entre los locos […] (Cioran, 1991: 142)

¿Quién tras el contacto con el absoluto que encierra nuestra nada no ha optado por jugar al filósofo, al teólogo, al propagandista del sentido de la vida? En la obra del pensador rumano-francés, sin embargo, esa miseria de ser que nos ha tocado padecer carece, en lo absoluto, del gusto paradisíaco de ejercer una profesión, de saborear las mieles del reconocimiento. Se está en el universo para testificar lo horroroso del estar vivo; el resto, los asuntos relacionados con la desdicha o con la dicha, con la infelicidad o con la felicidad, se reserva para las vidas de héroes o de pobres diablos hambrientos de enjuiciar al hombre.

Pero Cioran no era el juez que dictaminaba en contra de los hombres porque éstos hubieran pactado con la idea de progreso; él bien sabía que no tenían otra alternativa, pues el suicidio no es patrimonio universal. Lo que se le antojaba era que el universo jamás hubiese sido creado; pero, como ello no es posible, mínimo se habría conformado con que el hombre no hubiera aparecido como lo hizo: con un deseo desesperado de llenar el vacío a su alrededor con una sarta de tonterías, pues el universo ya está hecho de cualquier forma, y no hay que preocuparse por la posibilidad de cambiarlo o trasformarlo.

De hecho, no hay modo de saber por qué la idea de progreso es tan satisfactoria para la humanidad. Todos estos amantes de la idea de que la condición humana se perfeccione jamás hubieran opinado que era mejor no nacer (lo que le asienta más al hombre que está en constante búsqueda de mundos), ni siquiera hubieran podido explicar para qué mejorar o qué es posible fuera de esas descargas de megalomanía sedientas de acabar con un régimen imperante (o si proponían sólo para registrar sus nombres en los libros de historia, o si deseaban demostrar simplemente sus veleidades, o si tal vez querían lograr progreso en las ciencias psicoanalíticas). Lo más probable es que no se pudieran explicar incluso ni a sí mismos, de dónde brotaron ideas tales ni el destino que tomarían. Tal vez sí sospechaban la sangre que salpicarían, con la satisfacción de que algo mejor resultaría; pero, en sí, el carácter sanguinario de toda propuesta lo ignoraban, pues sus obras trataban del desconocimiento de sí mismos.

La obra de Cioran trata, en todo momento, de la insatisfacción de saber quién se es; no expone un cúmulo de ideas para fascinar mentes sedientas de destrucción; más bien, manifiesta la insatisfacción aparecida tras haber creído ciegamente en una idea y, lo peor, el horror engendrado tras el desenamoramiento de ésta, ya que el hombre para vivir tranquilo necesita saber que no está equivocado por completo. Al respecto, Cioran comenta sobre aquel episodio fatal que soportó-disfrutó en su juventud: el insomnio. Tras un periodo largo de no poder dormir, un día, después de haber recorrido las calles de su pueblo natal, el pensador llega a su casa y le dice a su madre que no puede más, ante lo cual ella le contesta: “Si hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habría traído al mundo”. (Cioran, 1997: 141) Para él, esa respuesta fue de lo más reconfortante: “[…] me dije: eres el fruto del azar. No eres nada” (Ibid.).

A los buscadores de la verdad la anécdota anterior no les proporciona nada; a las mentes catastróficas les colma de encanto el saber que son necesarias para poder equilibrar las cosas, si ni la existencia las pudo parar; al resto le podrá producir risa y nada más —siempre sin apartar la mirada del puesto que le corresponde en el mundo—. Pero como, desafortunadamente, la vida es más que dos posturas reconfortantes (desafortunada porque si no fuera por esa doble toma de partido no tendría por qué estar escribiendo lo que ahora escribo, y los filósofos no tendrían más que debatir), es muy necesario comentar la anécdota.

El motivo de nacer es proporcionar dicha a los genitores, después viene la horrorosa verdad de saber que estamos condenados a la procreación; el resto es una verdad de Perogrullo: se necesita adquirir un puesto en el mundo. Pues bien, la anécdota, para empezar, desacredita la existencia. ¿Quién prefiere no nacer a nacer? ¿Quién desea que quienes están por venir al mundo ya no tengan algo más que agregar a la fastidiosa vida? ¿Quién se atreve a agradecer a los genitores por haber pensado y disfrutado la idea de no traernos al mundo? Y lo que resulta más alarmante —no porque nazca del pánico o de la satisfacción tras una mala jornada—: ¿quién se siente innecesario en el mundo? ¿Quién anhela la muerte en pleno estado de dicha?

Pensar en la muerte es un estado de no amor a la vida; querer suicidarse es rechazar el nacimiento. Se puede objetar, sin embargo, que para efectos de misantropía no hay mayor progreso. Ahora bien, el reposo que sobreviene después de la entrega sin control a los delirios de la idea puede engendrar un desprecio absoluto hacia las propias ideas o hacia el mundo que no se pudo cambiar, lo cual le hace pensar al individuo que merece la muerte por no haber puesto más de sí en la empresa (o la de quienes no pudieron ser convencidos). En materia de delicias humanas, es decir, en la propagación del terror por medio de ideas, no se agrega nada nuevo.

El hombre nació para sentir un desprecio tan enorme por sus semejantes que cualquier reflexión en torno a ello parece un intento por mostrar la caricatura en que se ha convertido ese ser tan fastidioso. Cioran consideraba que la construcción de la ciudad ideal sería posible si murieran todos los vecinos que despreciamos. Pensamientos de esta índole pueden parecer producto de la imaginación, sentencias centelleantes que atraen al lector por su delirio; sin embargo, éstos quedarían fácilmente aniquilados al pedirse un fundamento o la aprobación de la mayoría.

La muerte, pensaran los partidarios de la idea del progreso de la historia universal, es algo tan inevitable como la vida. Dirán que no se puede avanzar hacia lo mejor, hacia lo verdadero, si no hay errores enmendables en el camino, es decir, la muerte de unos cuantos miles, o millones, o uno; la cantidad no importa, lo verdaderamente significativo son los progresos logrados, esto es, la cantidad saciada de rencor para con lo ya establecido.

Pero de lo que no se puede ni se debe hablar es de que ese deseo oculto de muerte rechaza, en lo profundo, la idea del suicidio —aún no es concebible la idea de que, antes que pedir la muerte de otros o la propia, es preferible matarse. En el deseo no saciado de muerte siempre está presente la ideología, la necesidad humana de mejorar, el poder argumentativo para justificar las acciones. No se puede desear la muerte, de otros y la propia, accediendo a la idea de que uno hubiera querido hacerlo con la propia mano, ya que sería como aceptar que uno es malo. Por fuerza, para poder matar, hay que saber que se atienden designios divinos, que se nació para testificar y defender lo bueno, para defender la causa de ese Dios que se atrevió a crear (no en vano Cioran denunciaba el carácter religioso de toda empresa realizada o en vías de realizarse).

Alguien completamente bueno nunca se resolverá a quitarse la vida. Esta proeza exige un fondo —o restos— de crueldad. El que se mata hubiera podido, en ciertas condiciones, matar: suicidio y asesinato son de la misma familia. Pero el suicidio es más refinado, en razón de que la crueldad hacia uno mismo es más rara. Más compleja, sin contar que se le añade la embriaguez de sentirse triturado por la propia conciencia. El hombre de instintos comprometidos por la bondad no interviene en su destino ni desea crearse otro; sufre el suyo, se resigna y continúa, lejos de la exasperación, de la arrogancia, de la malignidad que, en conjunto, invitan a la autodestrucción y la facilitan. La idea de apresurar su fin no le roza en manera alguna, tan modesto es. Se precisa en efecto, una modestia enfermiza para aceptar morir de otra forma que por la propia mano. (Cioran, 1979: 74)

El hombre está ya tan acostumbrado a vivir, que la muerte le resulta extraña. Mata porque obedece a un impulso ancestral que lo obliga a mejorar las cosas; pero que mate porque es un ser vil, cargado de un deseo mezquino de venganza por no haber sido el arquitecto del universo, es inaceptable, incluso una mera invención.

Cioran detesta el nacimiento porque sólo de esa manera no se le puede culpar por no estar contento con la vida. Y ese descontento con la vida —entiéndase descontento porque no estaba interesado en cambiarla, y simplemente no le gustaba— no pecaba del deseo absurdo de querer conocerlo todo, ni tampoco de la arrogancia de creer que no podía conocerlo todo. Sabía que después de nacer, y por supuesto después de no querer cambiar nada (alguna vez le reclamaron por no participar, a lo cual respondió que no quería cambiar nada y declaró que lo consideraban modesto), se puede ceder a la respuesta definitiva de no querer ser hombre. “Frívolo y disperso, aficionado en todos los campos, no habré conocido más que el inconveniente de haber nacido.” (Cioran, 1979: 139)

Si Sócrates recomendaba el “conócete a ti mismo”, Cioran responde que no hay nada que conocer. Claro, en el orden práctico hay mucho que reclamar al hecho de que no haya nada que conocer. Fritz J. Raddatz, con la bondad que caracteriza a los protectores de las ideas, en una entrevista que mantuvo con Cioran le reclamó a éste el haberse sentido “contento y aliviado” por resultar indemne en unas radiografías que se había realizado. Cioran, sin perder la calma y a sabiendas de que el instinto de daño y muerte en el alma de los hombres no descansa un sólo minuto, le respondió: “Sí, pero valdría más que yo muriera de mi propia muerte”. Y, como Raddatz insistiera en el porqué no se dejaba morir, Cioran continuó: “es cierto, formo parte del lote, de esta locura. No puedo hacer otra cosa. También tomo el metro. Hago todo lo que hacen los demás” (Cioran, 1997: 129).

En materia filosófica, lo mismo da el sentirse honrado por el nacimiento que el sentirse ofendido; a no ser por la majestuosa diferencia de que quien adora la vida (o simplemente está complacido con ésta) puede, sin querella, participar en cualquier obra, desde el asesinato hasta la piedad; y el que la odia no está dispuesto (o, mejor dicho, está desganado) a contribuir con el escandaloso ardid de mejorar lo que ya sin escrúpulos está predispuesto: nacer. “En este mundo, nada está en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse entonces del espectáculo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima, y la muerte.” (Cioran, 1991: 57)

Habrá quien considere que los pensamientos de Cioran son una mezcla de odio y desesperanza; otros pensarán que son producto de una mente enferma de homicidio; la gran mayoría tratará de verlos con una particular subjetividad. En todos los casos, lo anterior sólo es un intento de ignorar lo que el texto dice, porque si algo tiene de irremediable la obra cioranesca es que su desencanto, como decía Fernando Savater, se contagia.

La lectura de este autor puede parecer negativa, pues la idea de que nacer es el verdadero error no suele caernos mucho en gracia. Además, como solemos poner toda nuestra ínfima porción de ser para engrandecer lo que nos gusta y para luchar contra lo que no, cuando una postura nos parece subjetiva tendemos a tornarla objetiva, porque nos parece que, de cualquier manera, quien no ama la vida irremediablemente siente el vacío moral que sólo se colma con el deseo de hacer el mal. Pero, como Cioran partía de la fórmula de que nada tiene sentido, amablemente contestaba a todos aquellos que insistían en hacerle entender que podía padecer el dominio de sus propias ideas: “[…] yo nunca he creído de verdad en cosa alguna. Eso es muy importante. Nada hay que yo me haya tomado en serio. Lo único que me he tomado en serio ha sido mi conflicto con el mundo. Todo lo demás no es nunca para mí sino un pretexto” (Cioran, 1997: 137).

Él mismo pensaba que con el paso del tiempo su existencia no aportaría nada a lo que está ya siendo, a lo que será el hombre: “Conversación con un sub-hombre. Tres horas que hubieran podido convertirse en un suplicio si no me hubiera repetido sin cesar que no perdía el tiempo, que al menos tenía la oportunidad de contemplar un espécimen de lo que será la humanidad dentro de algunas generaciones […]” (Cioran, 1987: 77).

Emil M. Cioran, como pensador lúcido, no puede soslayar la denuncia de la fragilidad de la vida; no pertenece a esa raza de pensadores que, aún cuando ve el desplome total de las empresas humanas, se aferra a una posible solución; él considera que es preciso aprender a vivir con nuestra nada para, así, detener el nacimiento de monstruos hambrientos de establecer el absoluto aquí abajo. En este sentido, apunta lo siguiente: “Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor”. Su escritura, por tanto, no se complace en la fabricación de silogismos que por fuerza concluyan en la destrucción; ésta se trata de la aniquilación hasta del mismo lenguaje, de las operaciones que han facilitado el razonamiento. “Yo no he inventado nada, no he sido más que el secretario de mis sensaciones.” (Cioran, 1979: 72).

De cualquier manera la existencia no necesita ser conocida ni remediada. Lo único verdaderamente posible es encontrarle el sinsabor que desprende y el sinsentido que manifiesta. LC

Bibliografía
Cioran, Emil Michel (1979), El aciago demiurgo, Madrid, Taurus.

_____ (1986), Silogismos de la amargura, Barcelona, Tusquets.
_____ (1991), Breviario de podredumbre, Madrid, Taurus.
_____ (1992), Historia y utopía, Barcelona, Tusquets.
_____ (1996), La tentación de existir, Barcelona, Tusquets.
_____ (1997), Conversaciones, Barcelona, Tusquets.
_____ (1998), Del inconveniente de haber nacido, Madrid, Taurus.

DE LA MISERIA ORGULLOSA A LA DEMAGOGIA. POR ROGER BARTRA.

Demagogia

“… that in black ink my love may still shine bright.”
Shakespeare.

Escribe Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, en su libro La Jaula de la Melancolía sobre la insistencia de que el mexicano vive una situación de zozobra y accidentalidad, y que es esa la circunstancia que lo define:

La ética nacionalista, inspirada en la creencia de que el mexicano es un ser acostumbrado a una existencia incidental, ve en ellos un factor positivo: “A fuerza de jugarse el todo por el todo – dice Leopoldo Zea-, a fuerza de afirmar lo circunstancial y limitado, a fuerza de una permanente afirmación de lo considerado como accidental, el espíritu mestizo ha dado lugar a un nuevo sentimiento de seguridad, superioridad y eficacia.” (Leopoldo Zea, El Occidente y la conciencia de México, p. 77) Se cree que a fuerza de un terco juego ensayos y errores, en el que a los jugadores no les importa el inseguro mañana, la nación va acumulando un alto espíritu de empresa, no se sabe por qué misterioso azar.

Esta idea -a todas luces contradictoria- domina no obstante en la conciencia de los políticos del régimen, aunque muchos intelectuales la rechazan como demagógica (Demagogia / RAE: degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder): los palos al azar de un ser agresivo, pasional y ardido difícilmente pueden romper la patriótica piñata de la abundancia. De hecho, la piñata nacionalista no existió jamás para la prole sentimental de desheredados: el saldo oficial de todas estas manipulaciones sobre el carácter del mexicano es un confuso rastro de ofensas y agravios impresos a lo largo del camino abierto hacia la modernidad por la Revolución.

LA PÉRDIDA DE ESPECIFICIDAD A LA QUE DARIAN LEADER SE REFIERE

LA PÉRDIDA DE ESPECIFICIDAD A LA QUE DARIAN LEADER SE REFIERE

Estoy comenzando a leer un libro La Moda Negra. Duelo, melancolía y depresión. (leer análisis: http://www.letraslibres.com/revista/libros/el-legado-de-la-perdida) del psicoanalista Darian Leader y al comienzo ha atrapado mi atención porque me remitió a mis clases de filosofía. El fin de esta entrada es citar un poco sobre cómo la repetición termina con la singularidad y la atención en los matices.

Actualmente la gente va de un lado a otro, de una ropa a otra, de un celular a otro (consumo), de un medio electrónico a otro, de un país a otro (Turismo), de una marca a otra, de una relación sexual a otra (recomiendo ver la película Shame dirigida por Steve McQueen), así, consumiendo el todo por la nada, sin profundizar en el detalle y lleva a vivir en un mundo de ansiosos y medicados: si se enferma, unas pastillas y a seguir con lo que viene.

La repetición, es decir, deja ver un vacío bajo un entramado de lo mismo que distrae, uno, porque no permite ver singularidades; dos, intensifica la atención en lo repetido más que en lo encubierto por esto.

No pondré más de mi cosecha, comparto con ustedes.

Cada intento de dar al Holocausto un marco narrativo corre el riesgo de convertirlo en una historia de heroísmo y valor o de muerte y derrota. Esto es porque las narraciones humanas siguen siendo las mismas. […] Y eso es precisamente lo que hace una historia particular inapropiada para representar cualquier cosa que tenga que ver con el Holocausto.
Películas como ‘La lista de Schindler’ fallan tan conspicuamente en abordar el tema precisamente por esta razón. En el momento en el que las convenciones del cine hollywoodense son introducidas, se pierde toda especificidad y prevalecen las narraciones de valores sobre el conflicto entre el bien y el mal.
El Holocausto se vuelve igual que cualquier otra desastrosa trama de película, con los mismos giros, vueltas y elementos inevitables. Si afirmamos que el Holocausto no fue reducible a una sola historia, ¿de qué otra forma puede ser contada cualquier cosa sobre él más que a través de listas? Esto es precisamente lo que vemos con una película como ‘Shoah’ de Claude Lanzmann. (35-36 en La Moda Negra de Leader)

Les comparto la película citada por Leader: Shoah (1986).

Descripción en Youtube:
Shoah (del hebreo שואה, “catástrofe”) es una película documental del realizador francés Claude Lanzmann, estrenada en 1985, y de aproximadamente nueve horas de duración.

El filme de Claude Lanzmann es un documental de historia oral, filmado a lo largo de cerca de diez años en diferentes continentes. Reúne testimonios, en primera persona, de víctimas, testigos y verdugos del exterminio de las comunidades judías durante la Segunda Guerra Mundial. Cada uno de los invitados a participar en el documental narra su personal vivencia de los sucesos relacionados con el Holocausto judío.

El formato de las intervenciones fue concebido por Lanzmann como una entrevista. El director interviene para evocar los recuerdos de cada invitado, en ocasiones preguntando por detalles técnicos (por ejemplo, sobre el número de vagones de cierto tren, o la capacidad de cierto horno crematorio), o por emociones y sentimientos, e incluso sobre detalles relativamente anodinos, pareciendo tener su papel una mera función fática (como, por ejemplo, cuando pregunta si había árboles en el gueto de Varsovia). Sin embargo, no es difícil interpretarlo como una falsa entrevista, en la que el director solamente pregunta u observa cuando el entrevistado no puede, o no quiere, seguir hablando. Es frecuente que los testigos se detengan a causa de un desmoronamiento psicológico. En esas ocasiones, Lanzmann insiste en el deber del invitado de seguir hablando.

Es importante subrayar, para destacar la peculiar naturaleza documental del filme, que la película no contiene imágenes de archivo ni banda musical. Toda la obra se estructura en entrevistas individuales o colectivas, en tiempo presente y en los más variados escenarios, o en visitas a los lugares donde ocurrieron los hechos tal y como se conservan en el momento de la grabación, estando presentes o no los testigos. El hecho de que no haya voz en off, salvo brevísimas intervenciones para aclarar lugares o hechos obviamente desconocidos para el espectador, recalca, por otro lado, que el filme se concibió bajo los planteamientos de la historia oral.

Los testimonios se recogieron en los siguientes idiomas: inglés, francés, alemán, italiano (empleados todos ellos directamente por Claude Lanzmann), yiddish, hebreo y polaco. La versión española no se editó doblada, sino subtitulada.

EL ARTE Y LA REVOLUCION POR LYDIA CACHO

Cuatro roqueros de Nuevo León han politizado a miles de estudiantes de secundaria que cantan “Cayeron dos, murieron cuatro, te fuiste persiguiendo al diablo…comprando gente vendiendo el alma. Dime algo más y yo también voy a ser un criminal (…) mientras buscabas qué tanto tengo, tu estupidez nos mandó al infierno…toda esta sangre nos quema el alma”.

Criminal por Jumbo

Se llaman Jumbo y están entre los miles de músicos que saben que quien hace música y otras formas de arte y no tiene nada que decir, generalmente no aporta nada bueno al mundo.

Hey world por Michael Franti

Michael Franti con “Hey world”, una canción-poema ambientalista, o “The sound of sunshine”, una canción sobre el lenguaje de sordomudos (no se pierdan el video en Youtube), se ha tomado muy en serio su papel como artista y ciudadano del mundo.

The sound of sunshine por Michael Franti

Durante una visita a un centro de deportación en California, conocí a un grupo de adolescentes jamaiquinos que, como un mantra, cantaban la famosa “Don’t give up” de Peter Gabriel que sonaba incesante en un viejo walkman, esa ha sido por años la canción de los desterrados, que dice “no te des por vencido porque creo que hay un lugar al que pertenecemos”.

Don’t give up por Peter Gabriel

Los Aterciopelados con la canción “Oye mujer” retan a sus oyentes con un “Oye mujer, ¿eres un ser humano o la fantasía erótica de algún fulano?”. Narran la historia del sexismo con una música deliciosa, sin ambages corean “objeto sexual, pedacito de carne con complejo de Barbie” llamando a las mujeres a entender la esclavitud de someterse a los paradigmas de la anorexia y la conversión de las personas en objetos para ser utilizados y desechados.

Oye mujer por Aterciopelados

Cómo olvidar a Bebe, la española que hizo disco de oro con Malo, el retrato del maltratador con un ritmo que hace cantar a propios y extraños: “Una vez mas no, por favor, no grites, que los niños duermen… Malo, malo, malo eres no se daña a quien se quiere; tonto tonto eres, no te pienses mejor que las mujeres. Cada vez que me dices puta se hace tu cerebro más pequeño”. Un canción de 3 minutos logró que millones comprendieran la complejidad del síndrome de la mujer maltratada como ningún discurso político.

Malo por Bebé

Miles de jóvenes resistieron las represiones estudiantiles en los años setenta cantando la canción “Como la cigarra” en voz de Mercedes Sosa “tantas veces me mataron, tantas veces me morí, pero ahora estoy aquí… resucitando”.

Como la cigarra de Bebé

Franti asegura que el compromiso de cada artista es hacer el mejor arte posible y ello conlleva una responsabilidad intrínseca de conocer su propia verdad, ya sea una verdad política, filosófica o emocional. Creo –dice el cantante–, que cada artista tiene la responsabilidad de compartir su impulso vital, preguntarse qué es lo que hace que la humanidad siga adelante.

El gran Joan Manuel Serrat ha inspirado generaciones enteras cantando poemas propios y ajenos. Nadie como él para describir a la aristocracia del barrio, los dueños de la doble moral que manejan las economías locales. O con su poema en catalán: “Sería fantástico no pasar nunca de largo y servir para algo (…) y echar a volar todas las palomas, sería todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad que no perdieran siempre los mismos y que heredasen los desheredados. Sería fantástico que ganase el mejor y que la fuerza no fuese la razón”. Quién no ha coreado el desahogo de Serrat sobre los políticos, hombres de paja, que “tienen doble vida, son sicarios del mal y entre esos tipos y yo hay algo personal (…) se gastan más de lo que tienen en coleccionar espías, listas negras y arsenales”.

Cuando Bob Marley canta “Get up stand up”, nos recuerda que debemos levantarnos y reclamar nuestros derechos, nunca darnos por vencidos en la lucha por la libertad; que creer en Dios no nos salvará de las violaciones a los derechos humanos, en la tierra, nos dice el rey del regaee, es donde estamos unidos.

Get up stand up por Bob Marley

No importa si es Rubén Blades, Santana, Los Beatles, Bob Dylan o La mojarra eléctrica, San Pascualito Rey, Jaguares, Eugenia León, Gustavo Cerati, Los tigres del norte, Madonna, Café Tacuba, John Coltrane, Miles Davis, Lila Downs, Ely Guerra, Joe Cocker, Coldplay, YoYo Ma y otros tantos. La música que es arte verdadero cuestiona nuestra existencia, desata tempestades, fotalece causas sociales, inspira amores y despierta recuerdos perdidos. Con una frase, un clamor del chelo, el latido de las percusiones o la guitarra eléctrica llega la posibilidad de sanar un dolor nunca antes nombrado. La buena música revela verdades que a veces son difíciles de articular hasta que alguien las elabora como melodías, o las canta y toman forma, se integran en nuestra vida emocional e intelectual.

Hace años, Saúl Hernández de Jaguares me dijo que la melancolía puede ser un fardo o convertirse, a través de la música, en un impulso vital; la música al tomar forma en un pentagrama, dice taciturno el rockero, nos hermana con la humanidad, no hay filtros, en la música y el compromiso social todo el universo tiene cabida, se fusiona porque reivindica la vida en todas sus formas.

Sí, son la voz, la música, la melodía, la letra, el estilo lo que Eduardo Galeano define como la elemental capacidad de la música para arrejuntar el alma. El alma puede ser esa entidad privada y personalísima que consideramos nos lleva por la vida aunque tengamos el corazón roto y la salud frágil, pero el alma es también el aliento de un pueblo que se para codo a codo y corea a todo pulmón que la guerra no le pertenece, o como ha dicho Luis Eduardo Autè, que escrúpulo no es el parásito de un alacrán.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/30-08-2012/9179.

UN PASAJE SUAVE

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UN PASAJE SUAVE

¿Porqué será que el viento no se tiñe de surcos como nuestros rostros?
¿Será el tiempo tan noble con el viento para bendecirlo sin su presencia y tan insistente en querernos decir que sólo pasamos una vez por aquí y que así como nosotros lo sentimos, un niño después de nuestro tiempo, si es que éste existe, ocupará nuestro lugar, y mientras pisa donde hubo nuestra sombra marcará su presencia con la inocencia de sus pies y sus pasos?
¿Qué será el viento sino un pasaje suave que acaricia a la conciencia y que así como él, también ella y con ella nosotros, sólo un transeúnte?
¿Será entonces que en nuestra presencia, para nosotros mismos y la eternidad, transformamos el mundo dado como si éste nos fuera propio y con desesperación por querer decir que aquí estamos y queremos hacer historia en nuestro tiempo, o el que sucede, si es que existe, lo apropiamos humano -asequible y  aprehensible-?
¿No serán estos aditamentos sólo ornamentos que desvían la mirada de nosotros mismos y desconocernos de la nada que se viste de tal modo?