TEÑÍA DEL CIELO AL ROJO LO AZUL

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Trasladé y soñé, vi y que nadaba en las aguas de mi infancia: amigos que reviví, que admiré y que en un lugar conocido volví.
El cielo se vivió en gris, tornados tras unos más desconectaban al sol. Luego, como millares de velas de luces naranjas teñían del cielo al rojo lo azul.
La piscina, de un grifo en la pista como si fuera en hielo, a pingüinos humanos pensó.

Hilos de luz quebrada no podía imaginar, terror de la luz corriente, terror de la luz natural, caer al agua no podía electrocutar.
Cientos soldados parecieron parecer y las velas naranjas del fuego armas de batalla quisieron ser.

Nadadores aceptaron el plan: vistieron sus bañadores en pantalones y fueron a marchar.
Cinco del comandante, así me nombró, brinqué a entreparedes de azotea para no más imaginar a dónde iba yo.
Cual asombro cual vista definí: cientos soldados parecieron parecer, a puertas y escaleras voz de fuego hervía el amor o el querer.

Del techo volví, vestí de mi trusa una nueva opción, un nuevo bañador, en lodo y rojo manchado acepté por vivir.
Mal alcé mi arma y mochila, al comandante me acerqué, tarde, ya era tarde que él no estaba ahí. Sin querer ser al mal sentimiento quedé a las botas de los que ya tiraban a disparar.

Sin cielo de piscina ni en agua que sumergir desperté. Una guerra el mundo quería ser.

EL MISMO HOMBRE ENFERMO

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EL MISMO HOMBRE ENFERMO

Un hombre visitaba ya varias veces el consultorio de un médico. Éste siempre con el argumento de que su medicamento se le perdía, que salía de viaje y no lo llevaba en su maletín.

El médico cansado de verlo siempre en el mismo estado decidió darle por última ocasión una receta médica que llevara su firma. “Esta es la última” afirmó. El paciente desesperado se puso de pié, rondeó dentro del cuarto de consultas y al final dijo:

-Mi miedo no es curarme y saberme sano. Sino creer que sigo enfermo.

El médico que le costó entenderlo al verlo dar vueltas sin detenerse a ver por dónde caminaba su enfermo desesperado, firmó la receta e invitó al paciente no volver a visitarle: “Quizá no sea yo a quien deba visitar. No tengo oidos para curar ni palabras para sanarlo, yo sólo puedo, así como la gente entierra a sus muertos y se deshacen de sus muebles viejos, curar sus síntomas. Aquien veo aquí es el dolor y la tristeza de alguien, visite a quien le causa esto. Hable en su sala, tome su mano y dígale que le ama.”

-Mi miedo no es curarme y saberme sano. Sino creer que sigo enfermo.- repuso el paciente.

El médico luego de descrubir su necedad, le invitó a terminar la cita. Sin decir adios, el siguiente paciente entró.

UNA CASA DE UNA MUJER MÁS FELIZ

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UNA CASA DE UNA MUJER MÁS FELIZ

La mujer, al remodelar su casa, mandó a los pasillos traseros los roperos viejos, vendió aparatos y compró nuevos muebles; los encubrió de vidrios y llenó su alacena de limpiadores con propiedades profundas y atómicas. La mujer ahora parece más feliz.

de LuisSosaMx Publicado en Cuentos

ARMONÍA DEL VIENTO

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¿Qué hay en el viento para que sea tan armónico en su sonar? ¿Qué hace que el viento se lleve las penas y la fe ose posarse en el cielo?

Has de saber que en algún recoveco del cielo hay un clavicordio siendo sonado por un palurdo famélico.

de LuisSosaMx Publicado en Cuentos

¿CÓMO TE CURO?

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¿CÓMO TE CURO?

Luego de un tiempo de no verse, un hombre y una mujer se reencuentran accidentalmente. Sin reconocerse se sientan en la misma banca. El hombre que voltea en algún momento y la reconoce, sin decir palabra se mantiene distraido. La mujer sin aún reconocerlo voltea a ver quién comparte su banca, lo ve, calla y regresa su mirada a la distracción. Luego de un largo tiempo el hombre suelta las primeras palabras:
-¿Qué has hecho?
-Me casé.
-Yo también.
Volvieron a callar. La mujer volteó y dijo:
-¿Porqué?
-Porque la amo.
-Yo también.
Volvieron a callar. Pasaron los segundos…
-Te extraño. -dijo el hombre.
Volvieron a callar. La mujer no respondió.
-Te extraño tanto. Te amo más a ti… no te he dejado de amar. -dijo entre dientes el hombre.
-Yo te quise, lo sabes, pero no te amé.
Volvieron a callar.
-Cuando descubro la cercanía de lo finito se me revuelve el estómago y enfermo. ¿Cómo te curo si estoy tan expuesto al sufrimiento que me produces?
-Abrázame. Si me quieres dejar, abrázame tan fuerte que sepas que me perderás.
El hombre abrazó a la mujer. Era cercano y normal que la mujer hablara con sugerencias y palabras que aquel hombre solitario pudiese entender.
La mujer quitó el brazo del hombre de su hombro, se puso de pie y caminó. El hombre, en la banca le vió marcharse, sonrió y luego comenzó a llorar. La mujer continuó sus pasos hasta desaparecer en paralelo con los sollozos del hombre.

¡VUÉLVEME QUE TE QUIERO!

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¡Vuélveme que te quiero!

¿Y qué se supone que debo hacer ahora? ¿Agracer porque te conocí? ¿Agradecerte porque estás aquí? Se ha hecho tarde. ¿Qué si finges extrañar si nunca volteaste a mí?
Me ves ahí, tan ajeno como siempre, tan inaccesible. ¿Has sentido ese sabor en la piel? El sabor a lo seco, el sabor a lo quedado…
Qué me queda si ahora te veo entre cuerpos vestidos de negro y es tu piel que me recuerda que he muerto.
Qué me queda, mujer, si a todo momento que te intenté volteaste a ti y andaste a pie.
Soy el inerte, soy el querido, soy el muertito que se postra en la caja de los desechos.
¿Te hablé de la caja de los secretos? Lo hice. Nunca volteaste a verla… soy el que te extraña en la nada, soy el que se siente más vacío que si estuviera en carne, soy ese hombre que se oculta tras el cristal de un ataud.
Si mi mirada se pierde entre avismos y sobras de una sala, si mi mirada sólo te vuelve a ver dos segudos a tu asco de no reconocerme.
¡Vuélveme que te quiero hablar!
¡Vuélveme que te quiero…!
Vuélveme que te extraño.
Si la vida la agradecí por haberte amado, ¿qué soy ahora para ti si nunca fuí? ¿qué soy para ti si ahora vuelves dos segudos y sólo puedo recordar tu mirada?
Eras tú, era tu forma de hablar, era tu forma de reir, era tu forma de desaparecer la que me hacía sentir que podía vivir, que mis celos propios y nulos nunca hablaron para reprochar tu desprecio.
¿Y ahora qué soy para ti si antes nada-nunca-fui?
No sé a dónde recorres tus dedos al caminar, no sé si extrañan tus dedos los míos, no sé si extra su sombra la que fue mía, no sé si tu mirada se pierde ahora que me voy.
Temo dejarte y saber que nunca me amaste,
temo dejarte y saber que nunca me recordarás,
temo dejarte y saber que me mantienes donde siempre, en la risa inutil de lo nada sucedido; de la verguenza de articular lo que te sucedió, de la pena de haber sido tan dura para nunca haber dicho siquiera un adios.
Fugaces los dos segundos que te pude recordar, que te asomas al morbo del que nunca me pudiste sacar: era lo que quedó al anochecer que esperó tus llamadas y nunca volvieron a suceder.
¿Y qué hay de mis desvelos en que te hablé y me oías tartamudear?
¿y qué de mis días que me veías solo al pasar? ¿y qué de las tardes en que fui yo quien volteó?
Ahora me vuelvo tu amigo, ahora me vuelvo un desconocido, ahora me vuelvo otro ser que se ha ido. ¿a qué me niegas, mujer?
¿No ves mi miedo? ¿No ves mi ojos que te piden que me hagas despertar? ¿No ves que soy quien te ama desde la cama? ¿No ves que soy quien te nombra tras el cristal? ¿No ves que soy el hombre que te amo y te amará hasta que te haya de olvidar? ¿No ves que ahora soy quien no te puede acariciar, tomar pretextos para estar contigo y oirte murmurar? ¿Qué de tu voz que ahora se escapa?
¡Vuélme a hablar! ¡Vuélveme a nombrar!
No te huyo, me tienes en la cama postrado, soy tu nada, soy el ahogo del río…
¡Vuélveme a la vida que me voy!
¿Qué será mi cuerpo frío sin tus caricias que nunca tuve? ¿Qué serán mis labios de tus besos que se escapaban al musitar notas falsas? ¿Qué serán de mí tus silencios que me estremecieron y me quebraron para saber que podía amar, y eras tú a quien yo podía amar?
¿Qué me queda en la muerte si sé que no me conocerás al venir aquí? ¿Qué tan dificil te fue ceder poquito para verme y oir?
Es tu silencio el que ahora me hace sufrir, es tu indiferencia que ahora me hace sufrir, eres tú quien ahora me hace sufrir…
¡Fuiste tan honesta que yo te ame!
¡Fuiste tan sincera que yo te ame!
¡Eres como siempre que extraño que te ame!
Soy el que te extraña en la nada, soy el que se siente más vacío que si estuviera en carne, soy ese hombre que se oculta tras el cristal de un ataud, soy ese cuerpo muerto, frío, inerte que te extraña, ese cuerpo que te ama.

LA ESTANCIA DEL RESPLANDOR. LA COSTUMBRE DE LAS MAÑANAS SIN BAÑO.

LA ESTANCIA DEL RESPLANDOR.
LA COSTUMBRE DE LAS MAÑANAS SIN BAÑO.

Me siento otro día como los demás, tan común y tan usual que el tiempo viene y va. Cuando llega la noche sólo quiero que se mantenga y no vuelva a amanecer.

Que si llegada la mañana lo primero que hago es ir al baño y orinar, sería mentirles. Primero me siento y me pongo a pensar qué hay que hacer: ir al baño y orinar.

Mi mañanas son, diría un viejo loco: “la estancia del resplandor”, mas ésta se va, se vuela y se escapa, como cuando me acostumbro al hedor de mi habitación.

En primer momento pienso si es ir al baño lo que quiero hacer, en otro momento pienso que pienso que es mejor ir al baño y hacer lo que tengo que hacer. Da igual, iré al baño a orinar.

La hedionda mañana es la ofensa al amanecer. El río verdinegro que pasa en todas las horas al mismo tiempo: nunca deja de pasar.

Que si me baño, lo hago fuera de mi hogar. Que si salgo, no es más que irme a bañar. La gente pregunta: “¿y usted a dónde va?”. La gente y sus preguntas más insinuantes que un interés, sólo esperan escuchar que me iré a bañar. Los niños y mujeres viven igual.

Las mujeres dan a luz olvidadas entre los restos de la ciudad. Los niños comen pedacitos de comida que quedan en el azar. Yo cuido que no vengan a desperdiciar más. Esto que es mi pueblo se ha vuelto mi suciedad: las lagrimas del olvido; la inocencia del desear.

Mi gente y yo desayunamos de todo: frutas, verduras,comida italiana, francesa, mexicana y norteamericana, pizzas de días y una que otra pieza de pollo que el bufete pueda ofrecer.

Y la gente pregunta: “¿y usted a dónde va?”. ¿A dónde se va? Se va a lo alto del río a bañar, donde el agua nace y florecen lo olores, donde la mañana despierta los claveles bañados en rocío. ¿Que a dónde voy? Le digo, más que interés insinúan mi respuesta de irme a bañar.

Todas las mañanas me levanto y voy afuera de mi casa-cuarto para ir a orinar. Las hediondas mañanas sólo me acostumbran al hedor de mi habitación. Los primeros rayos del sol vacilan entre engaños  que serán mejores días, caen a  su bular los niños y las mujeres; el viejo loco sólo ha de decir al momento: “la estancia del resplandor”.

Es mi padre, que desde niño me repitió: “la estancia del resplandor”. Ha de aquellas mañanas que vivimos como lo alto del río, como aquellos días donde uno salía de su casa-cuarto para tomar un baño. Ha en pena y tristeza de estos días que hemos caminar hasta hartas horas para poderse bañar. Ha de los niños y mujeres recién paridas que creen ser sanos y alimentarse bien. Hemos un pueblo entre restos de una ciudad, entre el olvido y los trocitos del buen sabor que los urbanos tiran sin cesar; somo el fruto prohibido de su paraiso, el pecado de su creación.

Mi padre que lo vivió me contó acerca de la estancia del resplandor, las mañanas anheladas de sus primeros días en este pueblo sin baño, sin casa y sin olor. La estancia del resplandor, ya decía mi padre: “aguardan la nostalgia de mi pueblo, aguardan la nostalgia de verte sonreir en la mañana, antes de salir y desprender de los largos terrenos los fantasmas que han de envolver nuestros días hasta las horas tardes del anochecer”.

El viejo loco falleció y se dejó ir entre las aguas del río verdinegro. El viejo loco no enseñó más a niños ni mujeres que viven de trocitos del azar de los seres urbanos, de estas almas acostumbradas a los días sin baño y a las largas

horas de caminata por querer reencontrar en el pozo de la ciudad el resplandor de la mañana: unos duermen en las calles esperando una moneda para comer, otros roban panecillos saciando su hambre que los estremece hasta caer.

Los niños y mujeres recién paridas vuelven en las mañanas a la ciudad, vuelven esperando un verdadero trozo de pan, un verdadero baño que les ha de recordar la estancia del resplandor, que un día escucharon al viejo loco contar.

de LuisSosaMx Publicado en Cuentos