El día que Dios durmió más tranquilo a causa de un escritor

El día que Dios durmió más tranquilo a causa de un escritor

Había una vez un escritor que escribía las cosas más bellas y que a todos encantaba con sus palabras.

Pero esta no es la historia de ese escritor que escribía las cosas más bellas y que a todos, o a casi todos, encantaba con sus palabras. Casi a todos por aquello del margen de error, y aquí la narración, pues Dios no lo estaba tanto cuando se enteró de lo que estaba pasando.

Cuando Dios se enteró de lo que estaba pasando, Dios, por un momento se sintió ofendido, humillado o quizá triste o enfadado, porque un hombre, que él había creado, había descrito con las palabras más bellas lo que él no había hecho y que al hombre había delegado.

Al hombre había delegado, luego de pasados los seis días de su creación, nombrar; animales del campo y aves del cielo Dios los llevó ante el hombre para que les pusiera nombre. Y el nombre de todo ser viviente había de ser el que el hombre le había dado.

El nombre de todo ser viviente había de ser el que el hombre le había dado, pero también el de todo aquello que Dios había olvidado: las cosas que ya existían y las cosas que de entonces y hasta ahora serían inventadas o descubiertas, o faltan por inventarse o falta por ser descubiertas; olvidó nombrar sus emociones, sus pensamientos, sus deseos, sus impresiones y otras cosas que Dios había olvidado o no contempló en el séptimo día mientras descansaba.

Mientras descansaba, luego de la fatiga emocional, por una cólera innecesaria pensó Dios, volteó a su derecha, miró a su hijo y dijo orgulloso a sus ángeles, a los santos y a todos aquellos que consiguieron la vida eterna a su lado,  había heredado al mundo tras innumerables generaciones un hombre brillante, que sin profecía de él, era de él, descendiente de Adán, creación a imagen y semejanza que había realizado el sexto día.

El sexto día estaba por terminar y Dios parecía no descansar luego de lo que pensó y sintió cuando se enteró de lo que estaba pasando. Así que llegada la noche del sexto día  y luego de decir aquellas palabras, Dios durmió, que por aquello de la imagen y semejanza nos hace suponer Dios también duerme. Pasadas las 23:59 del sexto día, Dios durmió tranquilo sabiéndose omnipotente-omnipresente.

El día séptimo Dios descansó de todo lo que había hecho. El séptimo día siguió siendo bendito y santo, porque ese fue el día que descansó de sus trabajos después de toda esta creación que había hecho.

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