BICHITO DE DOS FOQUITOS

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Alguien con mucha luz había aguardado tan pequeño en mi habitación. Cerca de todo lo sucio, ahí se encontraba. Y pasaba la noche. Yo no lo conocía.
Antes de dormir miraba al techo y veía cuadros beige y líneas azules; un recuerdo de mi abuelo y lo preciado de mi padre: la herencia arquitectónica de mi casa.
Ahí otra luz que no quise reconocer. Eran dos luces: sus ojos o su aviso al camino. Era un segundo insecto.

Iluminé mi habitación tan común como el mismo común que solía ser. Dejé mis pantalones, dos playeras y mis boxers en un rincón. Una joven cucharacha de mediano tamaño dormía de cabeza debajo de unas sillas. Ocho. Una sobre otra, apuñadas en el centro de la pared, justo a un lado del resto de mi ropa a montón.
Las patas de la cucaracha de movieron y me permitieron un saludo que despedí con una sandalia.
Fuí a dormir, pero dos foquitos me llamaron. Un segundo bicho me visitaba.

No era luciérnaga, ni venía a ser su visita. Ellas no se gastaan en majaderías de un tercer piso, su dulce luz únicamente se avisa en el campo.
Dos foquitos inocentes, pero seguros, caminaban por el techo beige. Rompieron el camino de líneas azules y sin saber volar se aventuraron a las aspas de un ventinador inmovil y discreto.
La noche hacía su calor de verano y mi habitación se enfriaba arficialmente mientras le miraba caminar anunciando, intermitente, su caminar.

Tome una playera, y sin abrazo, también la despedí al suelo. Suplicó entre aleteos, junto con algo de luz titilante, su vida, pero ya era tarde. Había irrumpido la dulce noche; no era una luciérnaga. No lo reconocí y ni le dije adiós.
El segundo bicho había guardado con dos lucecitas la noche al centro, al viento, a las aspas de un ventilador discreto.
Apagó sus luces y con, ahora, un zapato lo obligué a marchar hacia afuera del marco de mi puerta.

Rara, sí, su presencia que quería iluminar doblemente mi cuarto con su propia luz. Yo temeroso por usurpación le dije adiós:

Adios bichito de dos foquitos,
adiós indiscreto visitante,
adiós por honor al anterior,
adiós por llegar justo a donde estoy.

Noté tu presencia diminuta y desconocida,
noté tu cuerpo enrarecido por el anterior,
noté incomodidad por conciente antes de volver a dormir
noté tu extrañeza a donde no pertenecía tu color oscuro.

Después de todo, no hubo sueño antes de conocerte. Llegaste burdo y vulgar, con tus foquitos extaños me interesaste a la viste, pero no fuiste tú, fue tu luz; luz lo tuyo, interesante.

Fuiste eso,
bicho de dos foquitos:
la presencia inocente en mi habitación iluminada,
en mi habitación lista para dejarme y ver dormir.

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