LA ESTANCIA DEL RESPLANDOR. LA COSTUMBRE DE LAS MAÑANAS SIN BAÑO.

LA ESTANCIA DEL RESPLANDOR.
LA COSTUMBRE DE LAS MAÑANAS SIN BAÑO.

Me siento otro día como los demás, tan común y tan usual que el tiempo viene y va. Cuando llega la noche sólo quiero que se mantenga y no vuelva a amanecer.

Que si llegada la mañana lo primero que hago es ir al baño y orinar, sería mentirles. Primero me siento y me pongo a pensar qué hay que hacer: ir al baño y orinar.

Mi mañanas son, diría un viejo loco: “la estancia del resplandor”, mas ésta se va, se vuela y se escapa, como cuando me acostumbro al hedor de mi habitación.

En primer momento pienso si es ir al baño lo que quiero hacer, en otro momento pienso que pienso que es mejor ir al baño y hacer lo que tengo que hacer. Da igual, iré al baño a orinar.

La hedionda mañana es la ofensa al amanecer. El río verdinegro que pasa en todas las horas al mismo tiempo: nunca deja de pasar.

Que si me baño, lo hago fuera de mi hogar. Que si salgo, no es más que irme a bañar. La gente pregunta: “¿y usted a dónde va?”. La gente y sus preguntas más insinuantes que un interés, sólo esperan escuchar que me iré a bañar. Los niños y mujeres viven igual.

Las mujeres dan a luz olvidadas entre los restos de la ciudad. Los niños comen pedacitos de comida que quedan en el azar. Yo cuido que no vengan a desperdiciar más. Esto que es mi pueblo se ha vuelto mi suciedad: las lagrimas del olvido; la inocencia del desear.

Mi gente y yo desayunamos de todo: frutas, verduras,comida italiana, francesa, mexicana y norteamericana, pizzas de días y una que otra pieza de pollo que el bufete pueda ofrecer.

Y la gente pregunta: “¿y usted a dónde va?”. ¿A dónde se va? Se va a lo alto del río a bañar, donde el agua nace y florecen lo olores, donde la mañana despierta los claveles bañados en rocío. ¿Que a dónde voy? Le digo, más que interés insinúan mi respuesta de irme a bañar.

Todas las mañanas me levanto y voy afuera de mi casa-cuarto para ir a orinar. Las hediondas mañanas sólo me acostumbran al hedor de mi habitación. Los primeros rayos del sol vacilan entre engaños  que serán mejores días, caen a  su bular los niños y las mujeres; el viejo loco sólo ha de decir al momento: “la estancia del resplandor”.

Es mi padre, que desde niño me repitió: “la estancia del resplandor”. Ha de aquellas mañanas que vivimos como lo alto del río, como aquellos días donde uno salía de su casa-cuarto para tomar un baño. Ha en pena y tristeza de estos días que hemos caminar hasta hartas horas para poderse bañar. Ha de los niños y mujeres recién paridas que creen ser sanos y alimentarse bien. Hemos un pueblo entre restos de una ciudad, entre el olvido y los trocitos del buen sabor que los urbanos tiran sin cesar; somo el fruto prohibido de su paraiso, el pecado de su creación.

Mi padre que lo vivió me contó acerca de la estancia del resplandor, las mañanas anheladas de sus primeros días en este pueblo sin baño, sin casa y sin olor. La estancia del resplandor, ya decía mi padre: “aguardan la nostalgia de mi pueblo, aguardan la nostalgia de verte sonreir en la mañana, antes de salir y desprender de los largos terrenos los fantasmas que han de envolver nuestros días hasta las horas tardes del anochecer”.

El viejo loco falleció y se dejó ir entre las aguas del río verdinegro. El viejo loco no enseñó más a niños ni mujeres que viven de trocitos del azar de los seres urbanos, de estas almas acostumbradas a los días sin baño y a las largas

horas de caminata por querer reencontrar en el pozo de la ciudad el resplandor de la mañana: unos duermen en las calles esperando una moneda para comer, otros roban panecillos saciando su hambre que los estremece hasta caer.

Los niños y mujeres recién paridas vuelven en las mañanas a la ciudad, vuelven esperando un verdadero trozo de pan, un verdadero baño que les ha de recordar la estancia del resplandor, que un día escucharon al viejo loco contar.

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de LuisSosaMx Publicado en Cuentos

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