EL TÉ DE LIMÓN Y EL PSEUDOESCRITOR: EL ANCIANO Y LA BELLA JOVEN.

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EL TÉ DE LIMÓN Y EL PSEUDOESCRITOR:
EL ANCIANO Y LA BELLA JOVEN

Había una vez, como en todos los cuentos, un viejo anciano que no tenía familia, vivía en una pequeña choza en una pequeña ciudad. Todos los días se sentaba frente a sus hojas en blanco, sumergía la punta de su pluma y luego la veía chorrear, la observaba cada vez antes de escribir, quería asegurarse que su pluma tuviera tinta fresca y volvía a hundir la punta de su pluma. El viejo anciano dejaba la pluma y volvía al marco de su habitación; le gustaba observar cómo se veía su pluma en un pequeño botecito de tinta negra y una hoja blanca a un lado mientras respiraba un olor limón. No le maravillaba esto, le gustaba saber que aún no había escrito algo.
Un día como cualquiera llegó una mujer joven, no recuerdo su nombre y el anciano tampoco.
-Buenas noches, señorita. ¿Qué se le ofrece?- dijo el anciano al abrir la puerta.
-¿Me esperaba?
-No más de lo acostumbrado. Pase, he servido una taza de té.
El anciano invitó a pasar a la joven.
-Póngase comoda en esa silla por favor.
-¿Escribe?
-No.
-A mí me encantaría escribir.
-¿Porqué no lo intenta?
-No tengo idea de qué.
-Tome su té. – dio el anciano a la joven una pequeña taza de color marrón con un té olor limón y hojas mismas que salían… un vapor que calentaba en aquel momento de fría noche.
-Está muy rico. -dijo la joven probando. – ¿Una receta especial?
-No, ninguna.
Pasaba todo tranquilo e irrelevante.
– ¿Usted no toma?
-Preferiría no hacerlo.
-¿Porqué?
-No me gusta el limón…
-Ya veo… ¿vive solo? No veo fotografías ni cuadros por ningún lado; mi casa está llena de ellos.
-¿Vive con alguien?
-No más de lo acostumbrado; mi madre y mi padre.
-Con razón le gusta tanto el té.
-Sí. -la joven se puso de pie. – ¿porqué no escribe para mí?
-Pero le acabo de conocer…
Sonrió la joven y caminó al marco de la habitación.
-Es muy pequeña su casa.
-Para un anciano, es suficiente… – el anciano observaba cómo la joven recoría su casa con la mirada. – ¿le gusta?
-Mucho, me gustaría vivir en una casa así.
-Puede venir cuando guste… -poniendose de pie -¿porqué no escribe usted?
-¿No le gusta escribir? Creí que era escritor.
-Soy escritor. – sedió el paso. – Hay tinta fresca y papel blanco… ¿necesita algo más?
-Un poco más de té.
-¿Dulce o amargo?
-De este mismo, de limón. ¿Porqué usted no toma del otro?
-¿Del dulce?
-Sí. Le haría bien.
El anciano caminó a la estufa y se preparó a calentr agua. Abservaba cómo el fuego acariciaba la base de la tetera, miraba salir el vapor del agua caliente. Volvió a su habitación y miró a la joven escribir muy inspirada. La luz de la lamparilla titilaba, la tetera sonaba avisando el agua caliente lista, el crugir de la pluma en el papel convertían una danza improvisada dentro de aquella pequeña choza. La joven apenas tarareaba en ligeros momentos una melodía que hacía al hombre llorar. El anciano miraba cómo la pluma, el botecillo de tinta fresca, el papel, la mujer, el escritorio eran una imagen de fantasía, una ensoñación.
-He terminado. -dijo la joven.
-¡El Té! – gritó el anciano mientras iba a la estufa.
-No se preocupe. -lo alcanzó la joven y luego bebió de su té mientras se recargaba en el marco de la habitación.
-¿Le ha vuelto a gustar?
La joven asintió, dio su último sorbo y dijo:
-Me tengo que ir, no avisé que vendría a visitarle. -salía apresurada a la puerta.
El anciano la alcanzó, jaloneó su brazo, la joven volteó asustada, el anciano la miró a los ojos, ella le correspondió.
-¿volverás?
Y la joven se soltó, salió de la choza. El viejo anciano regresó a preparar un poco más de té de limón. Caminó al marco de la habitación y observó nuevamente la silla, el escritorio, el botecito de tinta fresca, la pluma y la hoja en blanco, mientras respiraba un olor a limón.
Caminó a su silla y como todos los días se sentó frente a sus hojas en blanco, sumergía la
punta de su pluma y luego la veía chorrear, la observaba cada vez antes
de escribir, quería asegurarse que su pluma tuviera tinta fresca y
volvía a hundir la punta de su pluma.
Ese mismo día como cualquier otro tocaron a su puerta.
-Buenas noches, ¿qué se le ofrece?- dijo el anciano al abrir la puerta.
-Un poco de té.
-¿Sabía que preparaba…?
-No más de lo acostumbrado. -interrumpió- A usted no le hace falta.
El anciano le invitó a pasar.
-Póngase comoda en esa silla por favor.
-¿Escribe?
-No. ¿A usted le gustaría hacerlo? Tome su té. -dijo el anciano mientras ofrecía una taza de té color marrón a una bella joven.
-Usted sabe que ya lo he intentado… ¿porqué no lo hace usted? Creí que era escritor.
-Soy escritor. Hay tinta fresca y papel blanco… ¿necesita algo más?
-Un poco más de té, por favor.

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